Los terremotos en Venezuela volvieron a poner sobre la mesa una pregunta que las ciudades latinoamericanas solemos eludir: ¿qué tan preparados estamos? Para Bogotá, la respuesta no puede darse con intuición. Los estudios básicos del componente de riesgo del Plan de Ordenamiento Territorial, procesados por el IDIGER, ofrecen un diagnóstico concreto sobre las 41.381,7 hectáreas de área urbana analizada.
Tres fenómenos concentran la amenaza alta: 3.714,2 hectáreas expuestas a inundación, 1.243,9 a movimientos en masa y 164,8 a avenidas torrenciales. En términos simples, casi el 13% del área urbana estudiada tiene algún nivel de amenaza alta por al menos uno de estos fenómenos.
La geografía del riesgo no es homogénea. Las inundaciones amenazan principalmente el occidente: Bosa (1.379,9 ha), Kennedy (840 ha) y Suba (534,7 ha). Los deslizamientos golpean las laderas del sur: Ciudad Bolívar (417,8 ha), Usme (312,7 ha) y San Cristóbal (152,7 ha). No es casualidad que sean las localidades con mayor densidad de población vulnerable y menor capacidad de respuesta.
Los números de impacto real confirman la exposición: entre 2021 y 2025, los desastres naturales en Bogotá afectaron a 70.490 personas, 23.194 de ellas niños, y dejaron 2.426 lesionadas y 140 fallecidas. En ese mismo período, solo 175 familias fueron reubicadas de zonas de riesgo no mitigable. Y entre 2018 y 2025 se han catalogado 1.917 viviendas en alto riesgo, de las cuales el 72% está en Ciudad Bolívar y Usme.
El riesgo en Bogotá no es hipotético: está mapeado y debemos estar preparados ante cualquier calamidad.
