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El hambre, la otra pandemia

«Esta coyuntura es una oportunidad que nos obliga a innovar, adaptarnos y reaprender.  Será una gran prueba de altruismo social y resiliencia colectiva para nosotros y para los gobiernos. Nadie se puede quedar atrás»

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Las imágenes son dramáticas: trapos rojos en las ventanas de las casas, manifestaciones en vía pública, y largas filas de personas esperando para acceder a las ayudas alimenticias. A esto le sumamos los hogares de clase media que pueden estar experimentando procesos de empobrecimiento a causa de una disminución de sus ingresos, lo que los pone en una situación de vulnerabilidad pero, dadas sus condiciones de vivienda, es difícil que puedan clasificar para acceder a los programas sociales que tienen los más pobres.

Si bien la cuarentena reduce el riesgo de contagio, está provocando dificultades económicas en los hogares, en particular en los grupos más vulnerables que viven del día de día y hacen parte de la informalidad laboral. Pero también afecta a varios sectores formales de la economía que requieren ingresos para garantizar sus obligaciones financieras. Basta mencionar que el 28% del empleo en Bogotá lo genera el comercio, hoteles y restaurantes y un 23% los servicios sociales, comunales y personales.

Hace pocos días, un estudio de las Naciones Unidas estimó que el efecto de la pandemia  aumentaría el número de pobres hasta 500 millones de personas, cerca del 8% de la población mundial. Aunque es prematuro proyectar cálculos para Bogotá, las cifras antes de la coyuntura muestran que el 12,4% de los bogotanos es pobre, en otras palabras,  1.014.450 de personas sobreviven con menos de $ 283.828 al mes.

Estas cifras de pobreza en la capital pudieron haber empeorado en las últimas semanas para aquellos que no cuentan con los medios suficientes para afrontar la cuarentena y que viven del día a día. De estos se resaltan las mujeres cabeza de hogar, discapacitados, mujeres gestantes y lactantes, e incluso los niños menores de 5 años. Cálculos de Bogotá Cómo Vamos –BCV-, estiman que más de la cuarta parte de los hogares de la ciudad con niños en primera infancia se encuentra en condición de pobreza monetaria (28,2%).

Preocupa, particularmente, el aumento de la desnutrición crónica (talla baja para la edad) y del bajo peso al nacer, indicadores cuya prevalencia vienen creciendo en los últimos años en la ciudad. Entre 2016 y 2018 hubo un incremento en el número de casos de desnutrición crónica en niños y niñas menores de 5 años: se pasó de 22.740 casos a 29.965.

Y es que la pobreza también está asociada al hambre. El año pasado la FAO estimó que 113 millones de personas enfrentaban crisis alimentarias y que más de 800 millones enfrentaban desnutrición crónica. En Latinoamérica, posiblemente la expansión del Covid-19 y sus medidas para reducir el riesgo, estén provocando hambre en los más pobres, quienes a su vez, ven comprometida su salud al no tener una adecuada nutrición, lo que a su vez los hace más susceptibles al virus.

De acuerdo con la Encuesta de Percepción Ciudadana de BCV, para el 2019, el 14% de las personas afirmó que durante el último mes, consumió menos de tres comidas diarias porque no había suficientes alimentos. De éstos, la mitad indica que sucedió 1 o 2 veces y el 34%, entre 3 y 10 veces. Las mujeres se ven más afectadas: el 16% dice haber consumido menos de tres comidas diarias frente al 12% de los hombres.

Es muy probable que la desaceleración económica agrave la inseguridad alimentaria, que junto a fenómenos como la inflación y el incremento del dólar, termine afectado el precio de los alimentos y la capacidad de compra de los hogares. Esto puede cambiar los patrones de alimentación e incrementar los índices de desnutrición en los más pobres e incluso la clase media.

Para el caso de Bogotá, por ejemplo, las cifras muestran que en el 69% de los hogares, al menos una de las personas económicamente activas que están ocupadas, no cotizan a fondo pensiones; que en el 18% de los hogares, existe al menos un miembro del hogar mayor de cinco años sin aseguramiento a seguridad social en salud; y que en el 20% de los hogares, existen 3 o más personas a cargo por cada miembro ocupado.

De allí que el papel del Estado y los gobiernos locales resulte transcendental, sobretodo en Colombia, donde los sistemas de bienestar y aseguramiento social nos son tan robustos como en el caso de las ciudades europeas.

Las recetas tradicionales de subsidios y contribuciones se deben complementar con un control en los precios de los alimentos, subvenciones en efectivo, y estrategias para proteger el tejido social de las comunidades más vulnerables. Incluso, valdría la pena pensar en modelos disruptivos de política social para reducir la vulnerabilidad alimentaria de los más pobres, como por ejemplo, convertir los parques en huertas urbanas de mayor escala donde se le garantice la distribución de semillas y fertilizantes a las comunidades. El modelo de las ciudades inglesas, australianas y americanas nos muestra de que hoy es posible.

No basta con fortalecer mecanismos de protección social para proteger a los más vulnerables, hay que cuidar también los medios de vida y los recursos de subsistencia de los hogares. Eso significa comprender mejor los factores que afectan la pobreza en las familias y que tienen relación directa con su composición, tamaño y estructura, que en muchos casos, determinan su capacidad para afrontar los eventos adversos, como la pérdida de ingresos, el desempleo o el covid-19. Los hogares con mayor número de dependientes (niños y ancianos) podrían estar en desventaja en la actual coyuntura, porque entre más dependientes, mayor son los costos y las necesidades que deben cubrir con sus bajos ingresos.

Esta coyuntura es una oportunidad que nos obliga a innovar, adaptarnos y reaprender.  Será una gran prueba de altruismo social y resiliencia colectiva para nosotros y para los gobiernos. Nadie se puede quedar atrás.

Por: Omar Oróstegui Restrepo – Director de Bogotá Cómo Vamos. 

director@bogotacomovamos.org

*Columna de Opinión publicada en el diario El Tiempo

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Ejercicio en cuarentena

La recreación y el deporte son elementos claves en el desarrollo humano. Con la noticia de la extensión del aislamiento preventivo, se conoció que a partir de este lunes los ciudadanos podemos salir a hacer deporte al aire libre.

La decisión, llega con restricciones: actividades moderadas como: caminar, correr, trotar o montar en bicicleta, entre las 5 y las 8 de la mañana; por un tiempo máximo de una hora y en un radio de 1 kilómetro de distancia de la casa.

En la decisión, no está permitido el uso de los Lo que nos lleva a tener en cuenta que en Bogotá hay 5.260 parques; las localidades de Suba (19%), Kennedy (10%) Engativá (10%) y Usaquén (9%) concentran la mayor cantidad.

Según los resultados de la Encuesta Bienal de Culturas 2017, se evidencia que el 79% de los bogotanos viven cerca de un parque o de un espacio público recreativo. Las actividades que prefieren los bogotanos prefieren hacer en los parques cerca de casa son: hacer ejercicio (22%), acompañar a niños u otras personas (13%) y pasear a la mascota (13%). Nuestra Encuesta de Percepción Ciudadana dice, además, que el 61% de los bogotanos fue a los parques en el último año.

Por ello es clave establecer controles que permitan a la población salir a ejercitarse haciendo énfasis en la importancia del aislamiento social.

Se hace un llamado a todos seguir las instrucciones y acatar con responsabilidad la autorización que permite ejercitarse al aire libre. Ésta es una ventaja para todos contribuyendo a mejorar nuestra salud física y mental; que no se convierta en una oportunidad para violar la cuarentena.

Por: Omar Oróstegui Restrepo – Director de Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org

*Columna de opinión publicada en el Diario ADN