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Inseguridad local

La seguridad en Bogotá se ha tomado la agenda de la ciudad. Conocimos el asalto a tres apartamentos en Usaquén, el robo a una joyería en Gran Estación y, recientemente, la convocatoria de la Alcaldesa a un Consejo de Seguridad con el Gobierno Nacional.

Los problemas de inseguridad en Bogotá son recurrentes y, a pesar que las cifras mostraban una ligera disminución, es posible que estemos evidenciado cambios en los tipos y modalidades; con bandas criminales más organizadas.

Los resultados de nuestra encuesta de percepción dan cuenta que para el 2019 solo el 37% de los bogotanos se siente inseguro en la ciudad y el 27% en el barrio. Sin embargo, entre los problemas más graves en el barrio se ubicó en tercer lugar con un 21% los asaltos a vivienda.

El año pasado se registraron cerca de 9.634 hurtos a residencias; lo que significa 26 al día. Las localidades más afectadas fueron Kennedy, Engativá y Suba. Si bien prevalece el factor oportunidad, en 1 de cada 4 casos predominó la violencia de la cerradura y, en un 14%, el uso de llaves maestras; en más de la mitad de los casos no usaron armas.

El hurto a vivienda se ha convertido en una problemática que no puede subestimar la capital; convirtiéndose en un reto más para de la Administración en medio de la pandemia.

En este momento se hace necesario fortalecer el trabajo entre el Distrito y la Policía, mejorar la seguridad en el barrio, los procesos de investigación, el trabajo con la policía comunitaria y vigilancia privada, así como contar con el apoyo de la ciudadanía. La ciudad requerirá de una estrategia articulada para la atención integral de la problemática.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org

Columna de opinión, publicada en Diario ADN 26 de junio de 2020

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La Región Metropolitana

Pasaron 30 años para que Bogotá avanzara en la integración regional. No fue sencillo, se tenía ajustar el artículo 325 de la Constitución y poner de acuerdo a dirigentes políticos de Bogotá, de Cundinamarca y congresistas.

El primer paso se dio. El camino es largo. Falta la ratificación en el Concejo de Bogotá y en la Asamblea de Cundinamarca. Está pendiente la discusión de la ley orgánica que reglamenta la figura; lo cual se dará en el Congreso para definir aspectos presupuestales y competencias en los ámbitos territoriales.

En los últimos años, los municipios duplicaron sus habitantes; muchos de ellos trabajan en Bogotá, pero viven en la Sabana. La interdependencia es cada vez en mayor, en servicios públicos, industria, empleo y educación.

Pero el proceso ha sido desordenado y desarticulado. Hay una competencia por atraer inversión inmobiliaria y localización de industrias que buscan incentivos tributarios y mejores condiciones de infraestructura. El objetivo es mejorar sus arcas municipales, vía ingresos por impuesto predial e Industria y Comercio.

Esta figura recién aprobada trae beneficios, pues sienta bases de una arquitectura institucional con recursos independientes y funciones que buscan la articulación de servicios y la planeación territorial.

Lo importante es que sea eficiente y no se convierta en un espacio de burocracia supramunicipal. La región necesita herramientas para facilitar la toma de decisiones y el manejo acertado de recursos a largo plazo; para tener mejorar infraestructura de movilidad, servicios públicos, medio ambiente y vivienda, así como políticas sociales en educación y salud.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director de Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org 

Columna de opinión, publicada en Diario ADN, 19 de junio de 2020

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Tecnología COVID-19

Para hacerle frente al COVID-19, muchas ciudades han migrado hacia el uso de nuevas tecnologías para evitar la propagación del virus y poder intervenir eficientemente.

Estas aplicaciones han tomado fuerza y hay una gran variedad de herramientas, como cámaras de calor, aplicaciones de autodiagnóstico y plataformas web, con registro de los lugares de mayor contagio.

En Corea del Sur, India o China los resultados han permitido respuestas para modelar la propagación del virus. Sin embargo, estas aplicaciones no han sido ajenas a debates de privacidad, libertades civiles y protección de datos. Se han presentado problemas al exponer información privada; afectando la vida de las personas y el desarrollo de actividades.

A lo anterior se suma: limitaciones técnicas. Investigaciones señalan que depende de que el 60% de las personas descarguen y compartan su información; así el algoritmo, tiene suficientes datos, para reducir su margen de error. En segundo lugar: vigilancia epidemiológica. Responder, de manera eficiente y realizar test rápidos ante un posible contagio; o la ventaja tecnológica no tendría el efecto esperado.

Este tipo de app de rastreo son iniciativas que buscan predecir, prevenir y evaluar un brote por COVID-19. Aunque las tecnologías pueden ayudar ante la pandemia, la experiencia da cuenta que también traen impactos sociales no deseados e, incluso, rechazo. Es por eso que, el desarrollo y uso de este tipo de herramientas son un reto para los gobiernos, tanto en temas de regulación, aplicación y uso de la información.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director de Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org

Columna de Opinión, publicada en Diario ADN, 12 de junio de 2020

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Desnutrición crónica

Bogotá debe priorizar la situación nutricional en la primera infancia dentro la agenda de la administración; en concordancia con el plan de gobierno y la agenda de Objetivos de Desarrollo Sostenible. Este compromiso debe tener metas para la reducción de los indicadores.

Aunque la ciudad se ha esforzado por mejorar el estado nutricional de niños y niñas, aún falta mucho por alcanzar; algunos indicadores mantienen cifras altas.

Para el año 2018, el comportamiento de los indicadores fue así: desnutrición crónica 17,6%, desnutrición global 4,77%, desnutrición aguda 1,11% y bajo peso al nacer 13,5%. Se puede observar que el más crítico es: desnutrición crónica. La desnutrición crónica en Bogotá (13%) es más alta que la del promedio del país (10,8%); según los datos de la última Encuesta Nacional de Situación Nutricional (ENSIN). Por lo tanto, este indicador pudo ser considerado como un infaltable dentro del Plan.

Las metas en el Plan en relación con el estado nutricional son: «A 2024 llevar a cero la tasa de mortalidad por 100.000 en menores de 5 años por desnutrición aguda como causa básica» y “A 2024 disminuir a 17% la proporción de niñas y niños menores de 5 años con estado nutricional adecuado según el indicador peso para la talla”. Frente a la primera, ésta es poco exigente si se tiene en cuenta que en los últimos tres años el indicador se ha mantenido en cero. Si se quería mantener éste como meta, se hubiera incluido más como un compromiso de mantener cero muertes por desnutrición en menores de 5 años y no como una meta trazadora.

La desnutrición crónica requiere un mayor esfuerzo para su disminución, una meta sobre este indicador hubiera sido mucho más ambiciosa y capturaría el esfuerzo de la administración para mejorar la situación nutricional en la primera infancia. Estaremos atentos, a los planes, programas y proyectos y al comportamiento de los indicadores en la ciudad.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director de Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org 

Columna de Opinión, Diario ADN 5 de junio de 2020

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Luces y sombras de las APP para rastrear el…

Gran debate ha causado la nueva APP de la Alcaldía Mayor para que los bogotanos se registren y permitan que se haga un rastreo de sus movimientos, bajo la premisa que gracias al uso de la tecnología se puede predecir, prevenir y evaluar mejor un brote de contagio por covid-19.

La experiencia en otras ciudades muestra que los resultados son relativos y que su uso no es ajeno a debates sobre la privacidad, las libertades civiles y la protección de datos, que mal administrados pueden abrir una caja de pandora hacia cuestiones como la vigilancia digital o la discriminación por un sesgo en el algoritmo que soporta las decisiones de gobierno.

Estas aplicaciones son una de varias innovaciones tecnológicas que han elaborado los gobiernos para responder mejor al covid-19. Desde el uso de cámaras de vigilancia e inteligencia artificial para verificar las temperaturas de las personas en el espacio público, hasta el uso de drones, y aplicaciones de autodiagnóstico que conectan con el personal médico y plataformas web con registros de lugares de mayor contagio y los viajes frecuentes de pacientes diagnosticados. Incluso varias empresas de tecnología como Google y Apple están desarrollando aplicaciones a partir del Bluetooth del celular para recopilar información sobre la proximidad de una persona con eventos o personas que han sido contagiados.

Lo cierto es que las aplicaciones telefónicas de rastreo han tomado fuerza, pues en países como Corea del Sur, India o China los resultados han permito respuestas más eficientes para modelar la propagación del virus. Sin embargo, también han traído problemas al exponer información privada que termina afectando la vida de las personas, la reputación de un restaurante o local comercial al ser señalados como foco de contagio.

El gobierno chino ha desarrollado códigos de color para clasificar a las personas según el nivel de riesgo y exposición según sus movimientos en la ciudad; hecho que ha sido criticado por generar discriminación.

A los debates asociados a la privacidad, también se suman las limitaciones técnicas para que las aplicaciones sean eficientes. Diferentes investigaciones han señalado que esto depende de que el 60 % de personas decidan descargar y compartir su información de tal manera que el algoritmo tenga suficientes datos para reducir su margen de error.

Eso sí, asumiendo que las personas no mienten, confían en el sistema y que toda la información reportada es verídica. A fin de cuentas se necesita saber dónde pudieron contraer el virus y con cuáles personas tuvieron contacto.

Además, se requiere que la vigilancia epidemiológica también permita realizar pruebas rápidas a esos contactos para ponerlos inmediatamente en cuarentena domiciliaria. De lo contrario, la ventaja tecnológica no tendría el efecto deseado.

Para los gobiernos significa un reto en términos de regulación y recursos para financiar estas iniciativas. Además desde la sociedad civil resulta fundamental el control social a estas herramientas tecnológicas, como las auditorías a los algoritmos, los software y los esquemas de protección de datos. Pues aunque las tecnologías ayudan a enfrentar esta pandemia también tienen impactos sociales no deseados y más cuando hay un amplio interés tanto público como privado por desarrollar modelos de negocio basados en inteligencia artificial, big data y mapeo de datos.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director de Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org 

Columna de Opinión, publicada en El Tiempo 2 de junio de 2020. 

 

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A Salvar TransMilenio

Es cierto que TM ha tenido problemas en los últimos años y que la satisfacción con el servicio es baja, a pesar de los esfuerzos por modernizar la flota y ampliar su cobertura.

Hoy en medio de la coyuntura actual del covid-19, el transporte público masivo está pasando por serios problemas financieros. Al considerarse foco de contagio, la gente ha dejado de usarlo, y en otros casos los gobiernos limitan la cantidad de pasajeros que lo usan. Hecho que afecta sus ingresos, sus modelos financieros dependen de la cantidad de pasajeros, la tarifa y los subsidios.

Uno de cada tres bogotanos se mueve en TM, no solo por la rapidez a pesar de la incomodidad, sino porque es el único medio disponible en muchos lugares. El desarrollo urbano de la ciudad se dio alrededor de los corredores de TM y en varios barrios, no hay otra alternativa, como sucede en la Autonorte y Av. Caracas.

Limitar el uso es analizar el problema desde la perspectiva de la demanda; pero la solución está en mejorar la oferta, ampliar las posibilidades para movilizarse en la ciudad, incrementar los protocolos de bioseguridad y mejorar el diseño de los buses, estaciones y accesos que bajen el hacinamiento y las demoras.

No es estigmatizar el transporte público como un foco de contagio, pues esa narrativa es el riesgo de incentivos perversos para que la gente opte por otros medios como el carro particular o la moto.

Todos debemos apoyar el transporte público, no hacerlo afecta las empresas, medio ambiente y la productividad de la ciudad. Si el sistema fracasa perdemos todos, en particular los hogares que no tienen otras posibilidades para moverse en la ciudad.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director de Bogotá Cómo Vamos. 

director@bogotacomovamos.org

Columna de Opinión publicada en Diario ADN, 29 de mayo. 

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Un plan más allá de la coyuntura

En las últimas semanas, en medio de circunstancias atípicas por el covid-19, han tenido lugar las discusiones del Plan de Desarrollo, la hoja de ruta que define las principales líneas de inversión y de gasto público que tendrá la ciudad en los próximos cuatro años.

Su discusión es compleja pues está en juego un presupuesto de $109,3 billones. Monto con el que se espera financiar programas estratégicos y proyectos en el marco de la pospandemia, en particular de la política social. Pero también otros proyectos que van más allá de la coyuntura, como las apuestas de infraestructura para la movilidad y la creación de nuevas instituciones distritales. Esto sin contar que 10% de ese presupuesto será financiado por deuda.

Resulta paradójico que se hacen esfuerzos para ampliar el gasto de inversión pero no se presenta una propuesta de ahorro para la ciudad.

En este sentido, la deliberación del plan en el cabildo distrital es una tema estratégico debido a las apuestas y compromisos que se van adquirir. Si bien el plan de desarrollo es un documento técnico, también es un documento político que traza una visión de ciudad desde la perspectiva de la administración de turno.

En términos generales, el plan trae una apuesta importante de política pública al incorporar un enfoque poblacional, sectorial y territorial. Además reconoce la importancia de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, lo cual fija el horizonte más allá de los 4 años de gobierno.

No obstante, la estructura en sí mismo del plan tiene inconvenientes en relación a las metas e indicadores. En algunos casos no tienen el nivel de detalle deseado o se presentan como metas ambiciosas que a la larga son insuficientes, como en el caso de la calidad del aire. Incluso, hay problemas de ciudad que no tienen metas específicas en el plan, como la desnutrición crónica, que hoy afecta al 17% de los niños menores de 5 años. Esta meta confirmaría el compromiso de la administración distrital para mejorar la situación nutricional en la primera infancia a través de sus programas.

Aún falta las discusiones en la plenaria del Concejo, y aunque en la Comisión Plan se hicieron ajustes de fondo y la eliminación de 4 artículos a la propuesta original, quedan pendientes los debates asociados a la hacienda pública y la capacidad fiscal del Distrito; al fin de cuentas, todo plan requiere un respaldo financiero para sus propósitos se hagan realidad.

Por: Omar Oróstegui Restrepo, director de Bogotá Cómo Vamos. 

director@bogotacomovamos.org

Columna de Opinión en El Tiempo, 27 de mayo de 2020

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El Plan de Desarrollo

El Concejo de Bogotá lleva varios días revisando la propuesta de Plan de Desarrollo y escuchando las apuestas de los sectores. Ésta es la hoja de ruta de la Administración que marca el rumbo de la ciudad en los próximos 4 años.

Bogotá Cómo Vamos ha realizado en los últimos meses, realizamos mesas trabajo con expertos para analizar el Plan.

El resultado de este trabajo colectivo, son observaciones y recomendaciones en 6 temas: educación, salud pública, seguridad y convivencia ciudadana, movilidad sostenible, hábitat y medio ambiente.

La propuesta está en el documento que entregamos hace poco a la Alcaldía, al Concejo y a la ciudad.

Los aspectos que se destacan del Plan de Desarrollo son: la transversalización de los ODS tanto en la visión como en los enfoques, los atributos, los propósitos y los logros de ciudad; el reconocimiento de la dimensión ambiental y de la ruralidad; y, su rápida adaptación a las necesidades para recuperarse de los efectos dejados por la pandemia; entre otros.

En recomendaciones, por ejemplo, se menciona la necesidad de formular e implementar una política de bilingüismo; incluir acciones intersectoriales para reducir la desnutrición crónica en primera infancia;  ajustar la meta de tasa de homicidios; priorizar acciones para peatones y ciclistas como mecanismos de viaje de menor contagio y más.

Estas observaciones al proyecto de Acuerdo de Plan de Desarrollo son un insumo que se entrega desde la sociedad civil para aportar a los asuntos públicos, mejorar la toma de decisiones y ser parte de esa construcción colectiva de ciudad.

Por: Omar Oróstegui Restrepo – Director de Bogotá Cómo Vamos 

director@bogotacomovamos.org

Columna de opinión publicada en el Diario ADN, 22 de mayo. 

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Un contrato social

La Alcaldía de Bogotá entregó al Concejo el proyecto de Acuerdo que marcará la ruta de la ciudad en los próximos 4 años y, en este mes, se llevará a cabo su revisión y discusión.

Además de ajustarse a la coyuntura, tiene en sus prioridades a la población vulnerable: mujeres, niños, niñas, jóvenes, adultos mayores, personas con discapacidad y lo relacionado con sus servicios.

Se trata de una apuesta por consolidar la ciudad– región, el desarrollo sostenible, así como el cumplimiento de metas de ciudad de cara a los ODS 2030.

Ante la emergencia sanitaria, un nuevo plan de desarrollo presenta retos y desafíos para la Administración. Lo que lleva a tener en cuenta las necesidades y prioridades ciudadanas.

Los resultados de nuestra encuesta de percepción dan cuenta que: salud (45%), empleo (43%), educación (38%), seguridad ciudadana y convivencia (31%), y movilidad y transporte (30%), son los cinco primeros temas claves de la ciudad que debería prestarle más atención la Administración.

En este sentido, con el fin de contribuir al mejoramiento de la calidad de vida, desde Bogotá Cómo Vamos y con expertos, revisamos la propuesta inicial de la Alcaldesa presentada al CTPD.

Bajo un trabajo colectivo, realizamos observaciones y hemos elaborado recomendaciones en movilidad, seguridad, medio ambiente, salud, educación, y hábitat; aporte que, en las próximas semanas, entregaremos al Concejo de Bogotá en una apuesta por la construcción colectiva de ciudad y de los desafíos que ahora se nos presentan.

Por: Omar Oróstegui Restrepo – Director de Bogotá Cómo Vamos

director@bogotacomovamos.org

*Columna de opinión publicada en el Diario ADN, viernes 8 de mayo de 2020

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El hambre, la otra pandemia

«Esta coyuntura es una oportunidad que nos obliga a innovar, adaptarnos y reaprender.  Será una gran prueba de altruismo social y resiliencia colectiva para nosotros y para los gobiernos. Nadie se puede quedar atrás»

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Las imágenes son dramáticas: trapos rojos en las ventanas de las casas, manifestaciones en vía pública, y largas filas de personas esperando para acceder a las ayudas alimenticias. A esto le sumamos los hogares de clase media que pueden estar experimentando procesos de empobrecimiento a causa de una disminución de sus ingresos, lo que los pone en una situación de vulnerabilidad pero, dadas sus condiciones de vivienda, es difícil que puedan clasificar para acceder a los programas sociales que tienen los más pobres.

Si bien la cuarentena reduce el riesgo de contagio, está provocando dificultades económicas en los hogares, en particular en los grupos más vulnerables que viven del día de día y hacen parte de la informalidad laboral. Pero también afecta a varios sectores formales de la economía que requieren ingresos para garantizar sus obligaciones financieras. Basta mencionar que el 28% del empleo en Bogotá lo genera el comercio, hoteles y restaurantes y un 23% los servicios sociales, comunales y personales.

Hace pocos días, un estudio de las Naciones Unidas estimó que el efecto de la pandemia  aumentaría el número de pobres hasta 500 millones de personas, cerca del 8% de la población mundial. Aunque es prematuro proyectar cálculos para Bogotá, las cifras antes de la coyuntura muestran que el 12,4% de los bogotanos es pobre, en otras palabras,  1.014.450 de personas sobreviven con menos de $ 283.828 al mes.

Estas cifras de pobreza en la capital pudieron haber empeorado en las últimas semanas para aquellos que no cuentan con los medios suficientes para afrontar la cuarentena y que viven del día a día. De estos se resaltan las mujeres cabeza de hogar, discapacitados, mujeres gestantes y lactantes, e incluso los niños menores de 5 años. Cálculos de Bogotá Cómo Vamos –BCV-, estiman que más de la cuarta parte de los hogares de la ciudad con niños en primera infancia se encuentra en condición de pobreza monetaria (28,2%).

Preocupa, particularmente, el aumento de la desnutrición crónica (talla baja para la edad) y del bajo peso al nacer, indicadores cuya prevalencia vienen creciendo en los últimos años en la ciudad. Entre 2016 y 2018 hubo un incremento en el número de casos de desnutrición crónica en niños y niñas menores de 5 años: se pasó de 22.740 casos a 29.965.

Y es que la pobreza también está asociada al hambre. El año pasado la FAO estimó que 113 millones de personas enfrentaban crisis alimentarias y que más de 800 millones enfrentaban desnutrición crónica. En Latinoamérica, posiblemente la expansión del Covid-19 y sus medidas para reducir el riesgo, estén provocando hambre en los más pobres, quienes a su vez, ven comprometida su salud al no tener una adecuada nutrición, lo que a su vez los hace más susceptibles al virus.

De acuerdo con la Encuesta de Percepción Ciudadana de BCV, para el 2019, el 14% de las personas afirmó que durante el último mes, consumió menos de tres comidas diarias porque no había suficientes alimentos. De éstos, la mitad indica que sucedió 1 o 2 veces y el 34%, entre 3 y 10 veces. Las mujeres se ven más afectadas: el 16% dice haber consumido menos de tres comidas diarias frente al 12% de los hombres.

Es muy probable que la desaceleración económica agrave la inseguridad alimentaria, que junto a fenómenos como la inflación y el incremento del dólar, termine afectado el precio de los alimentos y la capacidad de compra de los hogares. Esto puede cambiar los patrones de alimentación e incrementar los índices de desnutrición en los más pobres e incluso la clase media.

Para el caso de Bogotá, por ejemplo, las cifras muestran que en el 69% de los hogares, al menos una de las personas económicamente activas que están ocupadas, no cotizan a fondo pensiones; que en el 18% de los hogares, existe al menos un miembro del hogar mayor de cinco años sin aseguramiento a seguridad social en salud; y que en el 20% de los hogares, existen 3 o más personas a cargo por cada miembro ocupado.

De allí que el papel del Estado y los gobiernos locales resulte transcendental, sobretodo en Colombia, donde los sistemas de bienestar y aseguramiento social nos son tan robustos como en el caso de las ciudades europeas.

Las recetas tradicionales de subsidios y contribuciones se deben complementar con un control en los precios de los alimentos, subvenciones en efectivo, y estrategias para proteger el tejido social de las comunidades más vulnerables. Incluso, valdría la pena pensar en modelos disruptivos de política social para reducir la vulnerabilidad alimentaria de los más pobres, como por ejemplo, convertir los parques en huertas urbanas de mayor escala donde se le garantice la distribución de semillas y fertilizantes a las comunidades. El modelo de las ciudades inglesas, australianas y americanas nos muestra de que hoy es posible.

No basta con fortalecer mecanismos de protección social para proteger a los más vulnerables, hay que cuidar también los medios de vida y los recursos de subsistencia de los hogares. Eso significa comprender mejor los factores que afectan la pobreza en las familias y que tienen relación directa con su composición, tamaño y estructura, que en muchos casos, determinan su capacidad para afrontar los eventos adversos, como la pérdida de ingresos, el desempleo o el covid-19. Los hogares con mayor número de dependientes (niños y ancianos) podrían estar en desventaja en la actual coyuntura, porque entre más dependientes, mayor son los costos y las necesidades que deben cubrir con sus bajos ingresos.

Esta coyuntura es una oportunidad que nos obliga a innovar, adaptarnos y reaprender.  Será una gran prueba de altruismo social y resiliencia colectiva para nosotros y para los gobiernos. Nadie se puede quedar atrás.

Por: Omar Oróstegui Restrepo – Director de Bogotá Cómo Vamos. 

director@bogotacomovamos.org

*Columna de Opinión publicada en el diario El Tiempo